No es mucho lo que podemos esperar del rito próximo. Previsiblemente será la puesta en escena del desencuentro nacional. Queda, de cualquier modo, como oportunidad examinar los legados de un sexenio. La atmósfera que rodea el último Informe de Vicente Fox parece la síntesis más elocuente de su política. Tras la elección más reñida de nuestra historia, no existe diálogo entre los inconformes y el gobierno. El Zócalo de la Ciudad de México cumple un mes de ocupación. La principal avenida ha sido bloqueada al tránsito. El mismo Palacio Legislativo es resguardado por fuerzas policiacas desde hace semanas. Los conflictos políticos no derivan solamente del proceso electoral. El territorio del país es un disperso sembradío de conflictos que no encuentran canales de solución. La ciudad de Oaxaca está siendo asfixiada por un pleito que nadie parece tener intención de resolver. La política del gobierno federal actúa como aliciente del pudrimiento. El narcotráfico esparce muerte por todo el país. La sangre se ha vuelto condimento cotidiano de la información nacional. Tres decapitados hoy. Seis muertes en Michoacán. Cuatro ejecuciones en Nuevo Laredo. Como si se tratara de las lluvias que nos esperan esta tarde, anticipamos, la cuota de sangre de la jornada.
Seis años de desgobierno han cultivado este ambiente. Desgobierno: incapacidad de instaurar calma y tranquilidad; ineptitud para decidir; torpeza para caminar en el estrado del pluralismo. Vicente Fox cosecha hoy el encono que con tanta paciencia sembró en el país. Desde que asumió la Presidencia ha perdido pocas oportunidades para sembrar animadversión y saña. El presidente Roosevelt entendió la tribuna presidencial como un púlpito formidable, una plataforma privilegiada para promover una agenda de cambios. Entendía el estrado presidencial como un dispositivo que ayuda a proyectar una voz para que sea escuchada. Se entiende así una Presidencia democrática como una institución moral que emplea su poder como instrumento persuasivo. Una tribuna admirable dedicada a convocar, a inspirar a una nación.
A diferencia de Roosevelt, Fox no ha sido un predicador, sino un provocador. No ha habido muchas constantes en esta Presidencia errática, pero resalta una tenacidad: el uso de la palabra para enfadar a otros. No conozco precedente de este empleo tan obsesivo y tan estéril del discurso público para fastidiar a los adversarios, incluso al costo de bombardear su propia causa. Supongo que la tribuna presidencial ha de servir como plataforma de contraste y que, inevitablemente, debe emplearse también para fijar posición en una polémica. No sueño con una Presidencia de aires monárquicos que, escudada en su condición de jefe de Estado, eluda la responsabilidad de decidir. Pero Fox no ha sabido distinguir la promoción de las causas nacionales del desahogo de sus tirrias. El Presidente no logró dibujarse como figura de conciliación o, por lo menos, como un emblema de sobriedad que destaque entre las tormentas de la rivalidad democrática. Su retórica, más que polémica fue pendenciera.
Tengo la impresión de que el encono que Fox sembró desde diciembre del 2000 tiene como base la ambigüedad con la que trató temas particularmente espinosos. Hablo de su posición frente al pasado; la situación de su familia, particularmente la función política y las ambiciones de su esposa; la mezcla de imágenes y simbología religiosa en el ámbito público y su tramposo discurso de legalidad. Nunca definió una postura nítida frente al pasado. Periódicamente desataba la cuerda de sus prejuicios condenando en bloque un pasado tenebroso. Es cierto que su conducta no siguió ese veredicto tan contundente y tan simplista, pero su palabra era un constante surtidero de ofensas, un vomitivo de cualquier acuerdo. Su indolencia frente a la injustificable ambición de su esposa fue una grave provocación que mucho le costó al país. El Presidente que tácitamente respaldaba a la candidata con la que dormía desconocía los rudimentos más elementales del proceder republicano. Igualmente ofendió la torpeza con la que el Presidente manipuló la simbología religiosa. Sus convicciones personales ensombrecieron sus deberes como representante del Estado mexicano. Lo que él veía como una inocente sinceridad era vivido como gratuita agresión por muchos. Y, desde luego, sembró el encono con el abuso de la ley. El desafuero de su adversario fue el episodio más abyecto de su administración. El rencor que sembró entonces sigue dividiendo al país. Fox se va. Nos deja, como legado, el encono.
En cada uno de estos casos la figura presidencial "inflamaba llagas". Precisamente así define el diccionario de Corominas al encono: enardecer al herido. Infectar lo que requiere alivio; manchar lo que puede ser enjuagado. Lo más lamentable de esta gestión discursiva es la gratuidad de sus golpeteos, el infantilismo de sus cruzadas, la inutilidad de sus obsesiones. Un hombre sin ideas pensó que la inquina podría llenar el vacío de su gobierno.