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Terra
La Coctelera

Jesús Silva-Herzog Márquez


El 1o. de septiembre será la despedida solemne de la Presidencia de Vicente Fox. Quedan aún tres meses de vida al gobierno pero ésta será la última ocasión en que el Presidente encare al Congreso como Ejecutivo de la Federación. Fecha embrujada del calendario presidencial, la cita del último Informe condensa los dramas de nuestra política. Antes fue la ceremonia del soberano. Rito de una voluntad sin restricciones que puede sorprender a la nación con decisiones tan espectaculares como nocivas. Después ha servido para escenificar una diversidad salvaje. La voz presidencial dejó de ser reverenciada. No la reemplazó la crítica, sino el escarnio y la gritería. Del rito cortesano a una pluralidad de jauría.

No es mucho lo que podemos esperar del rito próximo. Previsiblemente será la puesta en escena del desencuentro nacional. Queda, de cualquier modo, como oportunidad examinar los legados de un sexenio. La atmósfera que rodea el último Informe de Vicente Fox parece la síntesis más elocuente de su política. Tras la elección más reñida de nuestra historia, no existe diálogo entre los inconformes y el gobierno. El Zócalo de la Ciudad de México cumple un mes de ocupación. La principal avenida ha sido bloqueada al tránsito. El mismo Palacio Legislativo es resguardado por fuerzas policiacas desde hace semanas. Los conflictos políticos no derivan solamente del proceso electoral. El territorio del país es un disperso sembradío de conflictos que no encuentran canales de solución. La ciudad de Oaxaca está siendo asfixiada por un pleito que nadie parece tener intención de resolver. La política del gobierno federal actúa como aliciente del pudrimiento. El narcotráfico esparce muerte por todo el país. La sangre se ha vuelto condimento cotidiano de la información nacional. Tres decapitados hoy. Seis muertes en Michoacán. Cuatro ejecuciones en Nuevo Laredo. Como si se tratara de las lluvias que nos esperan esta tarde, anticipamos, la cuota de sangre de la jornada.

Seis años de desgobierno han cultivado este ambiente. Desgobierno: incapacidad de instaurar calma y tranquilidad; ineptitud para decidir; torpeza para caminar en el estrado del pluralismo. Vicente Fox cosecha hoy el encono que con tanta paciencia sembró en el país. Desde que asumió la Presidencia ha perdido pocas oportunidades para sembrar animadversión y saña. El presidente Roosevelt entendió la tribuna presidencial como un púlpito formidable, una plataforma privilegiada para promover una agenda de cambios. Entendía el estrado presidencial como un dispositivo que ayuda a proyectar una voz para que sea escuchada. Se entiende así una Presidencia democrática como una institución moral que emplea su poder como instrumento persuasivo. Una tribuna admirable dedicada a convocar, a inspirar a una nación.

A diferencia de Roosevelt, Fox no ha sido un predicador, sino un provocador. No ha habido muchas constantes en esta Presidencia errática, pero resalta una tenacidad: el uso de la palabra para enfadar a otros. No conozco precedente de este empleo tan obsesivo y tan estéril del discurso público para fastidiar a los adversarios, incluso al costo de bombardear su propia causa. Supongo que la tribuna presidencial ha de servir como plataforma de contraste y que, inevitablemente, debe emplearse también para fijar posición en una polémica. No sueño con una Presidencia de aires monárquicos que, escudada en su condición de jefe de Estado, eluda la responsabilidad de decidir. Pero Fox no ha sabido distinguir la promoción de las causas nacionales del desahogo de sus tirrias. El Presidente no logró dibujarse como figura de conciliación o, por lo menos, como un emblema de sobriedad que destaque entre las tormentas de la rivalidad democrática. Su retórica, más que polémica fue pendenciera.

Tengo la impresión de que el encono que Fox sembró desde diciembre del 2000 tiene como base la ambigüedad con la que trató temas particularmente espinosos. Hablo de su posición frente al pasado; la situación de su familia, particularmente la función política y las ambiciones de su esposa; la mezcla de imágenes y simbología religiosa en el ámbito público y su tramposo discurso de legalidad. Nunca definió una postura nítida frente al pasado. Periódicamente desataba la cuerda de sus prejuicios condenando en bloque un pasado tenebroso. Es cierto que su conducta no siguió ese veredicto tan contundente y tan simplista, pero su palabra era un constante surtidero de ofensas, un vomitivo de cualquier acuerdo. Su indolencia frente a la injustificable ambición de su esposa fue una grave provocación que mucho le costó al país. El Presidente que tácitamente respaldaba a la candidata con la que dormía desconocía los rudimentos más elementales del proceder republicano. Igualmente ofendió la torpeza con la que el Presidente manipuló la simbología religiosa. Sus convicciones personales ensombrecieron sus deberes como representante del Estado mexicano. Lo que él veía como una inocente sinceridad era vivido como gratuita agresión por muchos. Y, desde luego, sembró el encono con el abuso de la ley. El desafuero de su adversario fue el episodio más abyecto de su administración. El rencor que sembró entonces sigue dividiendo al país. Fox se va. Nos deja, como legado, el encono.

En cada uno de estos casos la figura presidencial "inflamaba llagas". Precisamente así define el diccionario de Corominas al encono: enardecer al herido. Infectar lo que requiere alivio; manchar lo que puede ser enjuagado. Lo más lamentable de esta gestión discursiva es la gratuidad de sus golpeteos, el infantilismo de sus cruzadas, la inutilidad de sus obsesiones. Un hombre sin ideas pensó que la inquina podría llenar el vacío de su gobierno.

Neron mexicano

Denise Dresser

Un periodista le pregunta a Vicente Fox cómo se siente al final de su sexenio. Y el Presidente responde: "Como un campeón, como todo un campeón, cerramos bien". El Nerón mexicano, contemplando cómo arde la ciudad, regocijándose con la belleza de las flamas mientras toca la lira. Diciendo que se siente "muy ligerito". Hablando, una y otra vez, del país perfecto gobernado por instituciones impolutas. Interviniendo, una y otra vez, con declaraciones que provocan en vez de reconciliar. Gritando "Viva, viva, viva" mientras México se encamina lamentablemente a una confrontación mayor sin solución evidente, sin final feliz. Y el responsable, en gran medida, de ese desenlace hoy lo celebra.

México está en marcha, dice el Presidente que contribuyó a paralizarlo. México está en paz, supone el hombre que lo recibió así pero no lo entregará de la misma manera. El conflicto postelectoral se reduce a una calle, afirma un supuesto hombre de Estado que no supo ni sabe cómo serlo. Actuaré cuando tenga que actuar, sugiere quien desde hace un buen tiempo ha minado el monopolio de la violencia legítima. El culpable de un momento histórico despilfarrado; el Presidente de un gobierno de transición desaprovechado; el artífice de un entrometimiento mediático en la campaña electoral, que lleva a demasiados mexicanos a cuestionarla. Regodeándose, congratulándose, alabándose a sí mismo cuando ha contribuido a producir la tensión que ahora ignora. Alguien cuyas acciones y omisiones crearon las condiciones para un incendio político que actualmente nadie sabe cómo apagar.

Si Vicente Fox hubiera emprendido la revitalización de las instituciones, AMLO no hablaría de refundarlas tajantemente. Si Vicente Fox hubiera apoyado la reforma del Estado, AMLO no propondría su destrucción. Si Vicente Fox hubiera gobernado en función del interés público, AMLO no fustigaría la imposición de los intereses privados. Si Vicente Fox no hubiera puesto a las instituciones al servicio del desafuero, AMLO no podría descalificarlas un día sí y al siguiente también. Si Vicente Fox no hubiera inundado al país con sus spots, muchos mexicanos no cuestionarían la equidad de la contienda ni exigirían su anulación. Si Vicente Fox no hubiera producido un vacío de poder, AMLO no podría llenarlo y para mal como lo hace en estos días. Uno cometiendo errores y el otro aprovechándolos. Uno barnizando con gasolina la puerta carcomida y el otro incendiándola. La causa y la consecuencia. El problema y el síntoma.

El movimiento contestatario y confrontacional que AMLO ha logrado armar existe -en buena medida- por todo aquello que Vicente Fox tendría que haber hecho y no hizo. Por todo lo que tendría que haber atendido e ignoró. Por todo lo que tendría que haber empujado y postergó. La necesidad de renovar el andamiaje institucional, en vez de sólo aplaudirlo. La necesidad de reformas que permitieran la construcción de mayorías legislativas estables, en vez de la apuesta a la colaboración ad hoc con el PRI. La necesidad de reformas que fomentaran la competencia en sectores cruciales, en vez de obstaculizarla como ocurrió con la ley Televisa. La necesidad de enfrentar a actores atrincherados en el mundo sindical, en vez de fomentar acuerdos subrepticios con ellos y después pagar el precio por ello. La necesidad de comportarse como el Presidente de todos, en vez de actuar a lo largo de la campaña como el principal porrista del PAN. Vicente Fox odia a Andrés Manuel López Obrador, pero ha contribuido a su existencia.

Por tantos errores cometidos, tantas oportunidades perdidas, tantas llamaradas alimentadas. Las ambiciones de Marta Sahagún y el tiempo que México perdió especulando en torno a ellas. La preocupación presidencial con la popularidad como un mecanismo de gobernabilidad. La obsesión por promover "las reformas estructurales que el país necesita" sin pensar en cómo construir consenso social o político para ellas. La aventura desafortunada del desafuero y la desconfianza entre la izquierda que tanto nutrió. La frivolidad, los excesos, la complacencia, la vida política del país conducida por alguien sentado en un balcón, abanicándose desde allí. Y que cuando finalmente actúa, lo hace de la peor manera. Con parcialidad. Con impericia. Entrometiéndose en una elección cuya defensa ha dificultado. Sacralizando instituciones que distan de ser tan perfectas como las presenta. De nuevo, ignorando la realidad que lo rodea mientras se dedica a alabarla.

Por eso ahora que llama a la concordia, muchos no quieren escuchar. Por eso ahora que convoca al diálogo respetuoso, muchos recuerdan cuando él mismo lo saboteó. Por eso cuando invoca el espíritu de concordia de Javier Barros Sierra, su propia hija rechaza la comparación. Por eso cuando dice que "no hay cabida para las imposiciones", muchos recuerdan las de Marta Sahagún. Por eso cuando argumenta que las leyes no pueden estar sujetas a caprichos o intereses personales, muchos recuerdan cómo lo estuvieron a lo largo del sexenio. Por eso cada vez que Vicente Fox habla del país de instituciones sólidas, muchos se preguntan dónde están. Más aún cuando el Presidente declara ganador claro -ante los corresponsales alemanes- a Felipe Calderón antes de que el Tribunal Electoral lo haya hecho. La Presidencia paralizada que después se convirtió en la Presidencia parcial y por ello ha perdido la capacidad para actuar como bombero. Para apagar fuegos en lugar de contribuir a su expansión.

Por eso es tan preocupante que insista tanto en ir al Congreso a rendir su último Informe, cuando bien podría enviarlo por escrito. Por eso es tan controvertido que se empeñe en dar el grito en el Zócalo, cuando bien podría hacerlo en Dolores. Por eso es tan delirante que algunos exijan que se comporte como un "auténtico jefe de Estado" con el uso de gases lacrimógenos. Por eso es tan peligroso que algunos pidan su intervención decidida mediante el uso de la fuerza pública, cuando ha demostrado su incapacidad para hacerlo sin violencia en otras coyunturas. Por eso es tan estremecedor leer lo que declara en una entrevista con The New York Times: "No puedo anticipar las cosas. Pero cuando las cosas sucedan, asumiré mi responsabilidad". Porque con ello, parece sugerir que su responsabilidad es dejar de tocar la lira y montarse en la tanqueta. Confrontar. Exacerbar. Satisfacer las demandas populares de contención y retribución. Actuar tal y como lo hizo Nerón con los cristianos después del gran incendio en Roma. Crucificando a sus adversarios para después terminar chamuscado por la violencia que desató.